jueves, 3 de febrero de 2011

Homenaje al lector invisible







No recuerdo cómo ni por qué le mostré la página en que decoraba el vacío. No era más que eso, un mero pasatiempo, una decoración sin objetivo que surgió del aburrimiento metafórico al contemplar la foto de una bailarina. Sin embargo, él se tomó aquel asunto como quien defiende una causa de vida o muerte, un imperativo categórico al que me vi súbitamente condenada.
Lector invisible que jamás dejaba huella de sus continuas entradas, lector impertinente, dedicado, paciente, halagador y, en gran medida, sospechosamente modesto. Cuando le preguntaba por sus silencios en mi página, su respuesta era tan seria que provocaba la carcajada: No estoy a tu altura.

Con la laboriosa meticulosidad de un relojero leía y guardaba todo lo que yo eructaba, y con la puntualidad de un reloj astronómico reenviaba cada texto a mi cuenta privada para que yo corrigiese cada uno de los a veces insignificantes errores ortotipográficos que sus meticulosos ojos habían detectado. Su trabajo adquiría entonces la gravedad de una cruzada religiosa y me ponía en un verdadero aprieto moral si yo no reaccionaba perfeccionando de inmediato aquellos fatales aunque minúsculos fallos.

Su dedicación era tan exagerada que yo no me atrevía a insistir en que aquello era sólo un pasatiempo por miedo a herir sus sentimientos de lector entusiasmado. Ya desde mi niñez, mostró su tendencia a exagerarme, lo cual trajo no pocos problemas. Haberle convertido en lector accidental de mis momentos de astenia lírica me obligaba a tener que responder a sus demandas de lector “sobre-afectado”, y tener que sortear la desmesurada distancia entre sus expectativas y mi minúsculo interés por la escritura.

Cuando le visitaba en su ciudad, podía encontrarme con la incómoda – y ridícula – situación de toparme con extraños familiares que inesperadamente comentaban mis supuestas actividades literarias. Entonces yo le lanzaba una mirada reprobatoria y letal que desaparecía en cuanto veía su sonrisa inocente y orgullosa.
No sé si me halagaba gustarle a alguien que opinaba que Borges escribía cosas raras y que Francis Bacon era un simple tarado, mientras ensalzaba sin mesura a Espronceda y creía que la pintura de Sorolla nunca sería igualada. Sus gustos en materia artística siempre me desconcertaron. Pero debo reconocer que gracias a sus diatribas contra Hesse y el “moralmente sospechoso” Passolini llegué, siendo aún adolescente, hasta El lobo estepario y la cinematografía del italiano.

Ni siquiera mis dos años de silencio narrativo mermaron su paciencia y cuando menos lo esperaba, oía su voz del otro lado del teléfono, diciendo, como quien no quiere la cosa si aún no había reformado aquel escrito o si de verdad no me importaba que estuviera allí publicado con todos aquellos fallos. A esas alturas yo ya no me molestaba en responder. Me habitué a aquella letanía como quien deja de oír el agua que se escapa de un grifo.

Desde hace seis meses ya no dice nada. El lector invisible se fue para siempre. Leyó, corrigió y guardó todo lo que escribí durante aquel breve episodio poético, durante aquella “edad lírica”, como la llama Kundera. La memoria siempre nos exagera, le escribí en el único poema que compuse exclusivamente para él; de ese poema precisamente jamás dijo una palabra, ni buena ni mala: un silencio absoluto. Pero puedo imaginar que sabía de memoria cada uno de sus versos.

Me tienta prometerle que revisaré los textos, que escribiré nuevos, que imaginaré que tras cada silencio está su mirada lectora, esa que entraba y salía sin dejar rastro, esa presencia constante que desde la invisibilidad corregía y admiraba cada párrafo. Pero como sucede con la memoria, creo que esa promesa estaría exagerada. Así que me contengo y simplemente le agradezco desde aquí su eterna paciencia ante esos textos que nunca llegaban, y su infatigable dedicación hacia esta causa perdida que, de algún modo, en algún rincón de mi cerebro, suscitaba un extraño orgullo de hija.

En memoria de mi primer lector, fallecido el diez de julio del dos mil diez.

martes, 16 de noviembre de 2010

Canto alucinado del soldado perdido en la batalla


Turquía está muy lejos.
Voy en brazos de mujeres hacia campos incorruptos donde las tropas de la muerte no me lleguen, donde no se reconozca la cripta del tiempo. Camino por bosques violeta y es violeta el tiempo que huye por laderas infinitas donde los que aún no han nacido esperan su redención.
Voy como si siempre fuese. Oigo como si siempre oyese: tambores de la vida disfrazados, cadáveres en potencia derramados por el campo.
Y a lo lejos, la sombra de una niña. La eterna niña por los rincones del río estrangulado.
Entre tanto, pasan ejércitos cansados, ojos delirantes, besos perforados, abrazos viejos, risas paternas atentas al cuerpo malogrado. Cadáveres que cambian su forma y son a un instante la luna, a otro el cielo. Tropas que avanzan decapitando rosas. Y caen las cabezas sin tallo rociando el campo con su tono hiel.
Y a lo lejos, la sombra de una niña. La eterna niña por los rincones del río estrangulado.
Camina la niña de rosa con cuerpo de rosa y alma de pájaro. Y lleva la niña una lanza y degolla al padre campo. Es violeta el camino y se abre al final un lago.
Toda Turquía duerme y Turquía son mis años.

sábado, 30 de octubre de 2010

Du côté de chez nous




«La verdadera vida, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida, es la literatura»


Durante mucho tiempo quise ir a Illiers. Pensar en el tiempo es como pensar en la felicidad; parafraseando a San Agustín, se sabe lo que son hasta que te preguntan por ellos. No meditaré sobre el tiempo, ni sobre la memoria (ese falso espejo), ni sobre los pasos que se necesitan para que un pensamiento se convierta en acto, ni mucho menos, para que ese acto se convierte en acto feliz. Simplemente una mañana se aparece en un tren. Fuera, el aire es frío y los cristales se empañan. Se diría que es final de otoño, pero podría ser igualmente mayo o junio (así son las cosas en el Norte). Iba acompañada de mis hermanos. Íbamos en silencio, en conversación con la mente. Y entre paisajes, citas, recuerdos personales y recuerdos ajenos, dejamos que el tren se detuviera en una estación a varios kilómetros de Chartres. El viento ladeaba el diminuto cartel en el que apenas si era visible el nombre de Combray seguido por guión a su nombre verdadero: Illiers. “Nombres de tierras: el nombre”. La fascinación del nombre siempre precede al objeto.
La primera visión, un hotel junto a la estación llamado “Chez Guermantes”, nos hizo suponer que nos encaminábamos hacia un lugar “proustificado”, hacia un parque de atracciones para el intelectual, diseñado por las agencias más terroristas del planeta: las compañías de turismo. Allí decidimos tomar el primer café de la mañana e informarnos sobre el camino más directo para llegar al centro. La cafetería estaba vacía y tuvimos que esperar varios minutos hasta que una mujer, antagonista completa de Mm Oriane de Guermantes, se dignó a atendernos. Fuimos recibidos con un sentimiento de hostilidad que más tarde comprenderíamos que era sólo de extrañeza.

Cuando un pueblo fantasma decide no hablar, es mejor aceptarlo y esperar la aparición de algún cometa.
A medida que nos aproximábamos al centro, el silencio se hacía más y más pesado, más y más crítico, hasta que sólo quedó el recurso de la risa. Nuestro tímido jaleo sonaba como una fiesta impertinente en medio de la solemnidad de la plaza. Un hombre la atravesó empujando un carro. No cabía duda de que se trataba de un obrero. Sin embargo, antes de que nos hubiera dado tiempo a formular una pregunta, desapareció por una calle sin asfaltar. -Y bien-, dije rompiendo el repentino desconcierto, -esto debe ser la plaza de Combray, y esto-, dije elevando mi mano al cielo, -debe ser el campanario de la iglesia del pueblo-. Recorrimos el ala central contemplando las vidrieras, comprendiendo que ese fue el escenario en el que tuvo lugar el primer encuentro entre los ojos de un joven Marcel y una duquesa de Guermantes; esa irrepetible primera vez en que siempre germinan los mitos; ese momento imposible en que ha quedado establecido el destino de una vida. Toda vida está compuesta de esos signos.

Salimos de la iglesia con la expectativa de encontrar algún ser vivo. El hambre se había apoderado de nosotros y nada, salvo la esperanza, nos hacía suponer que podríamos satisfacerla.
Se huye del mundo hasta que se comprende que el mundo huye de ti y entonces sucede una maléfica inversión de papeles y se busca al semejante para reconocer en él que uno está vivo. Huir de la ficción para buscar lo cotidiano; una tarea mucho más complicada que escapar de un buen libro.
Tras varios rechazos, caras de asombro y diálogos de una invariabilidad espeluznante: -¿Comer a las 3 de la tarde? ¿De dónde vienen ustedes? ¿De Marte? -No, de París- respondíamos al unísono, por fin en un bar se apiadaron de nosotros y nos ofrecieron unos bocadillos y una botella de vino.

No, decididamente, aquel Illiers-Combray no estaba proustificado. Es más, parecía como si allí, el nombre de Proust fuera tan sólo el de una familia de antaño que, por razones que se les escapaban, recibía muy de vez en cuando la visita de extraños forasteros (probablemente todos de Marte).

-¿Y qué hacen ustedes aquí?
-Venimos a visitar la casa de Marcel Proust.
-Ah, se refieren al hijo escritor de aquel médico, Adrien Proust. Su casa tiene un letrero, está a cien metros.
-¿Y la del señor Swan?
-A ese señor no lo conocemos. Y, ¿comen siempre tan tarde en París o es algo que importan de España?

Terminamos la botella y volvimos al silencio de las calles. Hay que añadir que habíamos escogido un lunes para nuestro viaje. Y los lunes en Francia son como nuestros domingos: todo un misterio.
La casa del Dr. Proust no era nuestra prioridad, pero sí el punto de referencia desde el cual pensamos que los signos empezarían a reproducirse. Y efectivamente, así fue. Al doblar una esquina apareció de nuevo el hombre del carro. Esta vez iba acompañado y se dirigía hacia una casa al otro extremo de la calle. Entraron, y la puerta del jardín entreabierta.

Maison de la famille Proust.

Voilà, allí estaban la verja, el muro y la campanilla (probablemente estropeada) que el señor Swan tocaba cada noche para desdicha de Marcel.
Empujamos la puerta y entramos en aquel espacio como quien pasa la página de un libro sin preguntarse si debe hacerlo. Pero las voces no tardaron en hacerse oír. Voces indignadas, voces de desconcierto: C’est fermé. C’est fermé. Pas de visites, svp.
Poco importaron a aquellos obreros nuestras súplicas, la explicación de nuestro largo trayecto, de nuestro peregrinaje a esa Tierra Santa de la literatura. Y mientras nos exiliaban sin clemencia de aquel paraíso, ellos seguían profanando la hierba del jardín proustiano.

¿Proustificación u homenaje desierto?

Creímos que nuestra aventura tocaba a su fin y decidimos caminar por el campo antes de regresar a la estación donde cogeríamos el último tren. Fue entonces cuando apareció el cometa. Esa señal del cielo que no escapa a los de Marte. Pero no se trataba de una señal, sino de dos. Una indicaba Méséglise y la otra (en sentido opuesto), Tansonville, o lo que es lo mismo: El camino de Swan y el camino de Guermantes.
Sólo despertarse de la muerte y encontrarse con la conciencia viva de uno mismo podría servir de analogía para explicar el éxtasis en que caímos.

Tal vez, marcianos mejor informados que nosotros en materia proustiana, habrían sabido perfectamente que aquellos lugares existían de verdad, pero nosotros (y sobre todo después del mutismo encontrado en el pueblo) no sólo lo ignorábamos sino que estábamos fascinados con el descubrimiento.
Decidimos seguir el orden del libro y fuimos primero por el camino de Swan.

Recuerdo el tacto del musgo al caminar; también recuerdo su sonido, y el olor de la hierba húmeda de aquel paisaje de otoño, y la danza de colores de los árboles, y cada uno de los estanques cruzados, y el paso al llamado Pré-Catelan, donde Swan, según indicaba el letrero, poesía su casa, y la risa de Gilberta saliendo a través de los arbustos, y las campanadas de la iglesia a lo lejos.
Las horas se extendían como si fueran elásticas o estuvieran atrapadas en una tarde de verano infantil. El tiempo desapareció por completo. Recorrimos todo Méséglise y regresamos al punto cero para seguir la flecha que llevaba hacia el camino opuesto. Dos nombres, dos rutas, dos misterios antagónicos hechos de letras. El camino de Swan era como un jardín francés, cuidado hasta el detalle, racionalizado, de una belleza sutil, elegante. Al entrar en Guermantes, el jardín francés se transformaba en parque inglés; bello, salvaje, retorciéndose al capricho de la naturaleza, salpicado de estanques y piedras, setos y arbustos, flores y árboles de tamaño descomunal que se disputaban armónicamente un mismo espacio.
Al principio nos atrapó el malestar de la abundancia, el barroquismo verde del sendero, la exagerada exhibición de nombres y trayectos que salían de los rincones más inesperados, pero poco a poco fuimos reconociendo formas y el laberinto se convirtió en un tranquilo paseo. Sólo las horas nos pisaban los talones y las horas era lo único en que no queríamos pensar. Estábamos dentro de un universo sin tiempo o cuya organización temporal era dictada por el recuerdo. Sin embargo, nuestro tren tenía una hora fija de salida y había que retroceder todo un camino que, sin darnos cuenta, se había hecho inmenso. Cuando íbamos a dar la vuelta, recordé súbitamente el final de la Recherche y sin pensarlo dos veces, propuse seguirla; fieles y crédulos como Don Quijote, decidimos luchar contra los molinos verdes de Tansonville y continuar el camino hasta el final, en lugar de dar la vuelta. Si el narrador descubrió, como epílogo de una vida, que el camino de Guermantes y el camino de Swan se unían formando un círculo, no necesitábamos retroceder, sino continuar, para llegar a nuestro origen.

La vie n’est pas toujours la littérature.

Desafortunadamente, no tuvimos en cuenta la cantidad de páginas que había que recorrer para cerrar ese círculo: muchas horas o toda una vida. El sol empezaba a ponerse y las distancias en el campo, como en la nieve, el desierto o la lectura, engañan. Cuando nos dimos cuenta del error, el tiempo y el espacio ya nos habían ganado. Andábamos por aquel sendero infinito sospechando la posibilidad del fraude. ¿Llevaba realmente Tansonville a Méséglise o sólo había consistido en un recurso literario, una trampa en la que habíamos caído como lectores ingenuos, como marcianos desinformados?
En todo caso, habíamos perdido la batalla al tiempo y ahora nos amenazaba el espacio: un cielo oscuro que ya no guiaba nuestros pasos, un sendero cuyos límites se borraban, y un clima sin misericordia que amenazaba con aniquilarnos. Simplemente había que escoger entre correr o morir.

Morir en el escenario, dicen los artistas.
Morir en el mar, dicen los submarinistas.
En las cimas del mundo, dicen los alpinistas.

Pero nosotros no queríamos morir. Queríamos seguir leyendo y sobrevivir.
El terreno era resbaladizo, fangoso, a ratos seco, espinoso o agrietado. La naturaleza nos envolvía con su idioma polifónico. Corríamos a contratiempo a través de un lenguaje desordenado. Cruzábamos la Recherche en diagonal, disparatadamente, a oscuras, saltando comas, líneas, frases, párrafos enteros, páginas, capítulos, pero todo era inútil, no éramos capaces de dar con la salida, con ese crucial instante en que un camino abraza al otro. Ya sólo ansiábamos una señal. Algún cometa.
Así que rezamos, y a los pocos minutos nos deslumbró una luz, pero no venía del cielo, sino de un tractor que al vernos se acercó apiadado. Esa nave espacial nos llevó a salvo a través del campo en dirección al pueblo. Y como quien recibe una epifanía, así recibimos la visión de otra luz que se alzaba a lo lejos: la luz del campanario de la iglesia de Illiers. La luz del tiempo otra vez nuestro.

Cuando llegamos a la estación, nuestro tren había partido. Intentamos conseguir una cama en el hotel Chez Guermantes, pero aquella falsa Oriane insistía en que estaba completo. No discutimos, a pesar de que intuíamos que no sólo fuimos los únicos visitantes de Combray ese día, sino seguramente los únicos visitantes en mucho tiempo.
Nos encontrábamos en el punto de partida, en la misma estación con su letrero ladeado por el viento, pero atrapados en él.

¿Habíamos pasado de turistas a víctimas, de marcianos a personas?

Sin más señales del cielo, nuestra única salida parecía ser un taxi hasta Chartres. Allí podríamos tomar el último tren a París. Aquello nos arruinaría pero sabíamos que la salida al mundo real siempre es económica.

Era de noche cuando el coche arrancó y vimos cómo se desdibujaba, lenta y progresivamente, el campanario de la iglesia de Combray, todavía iluminado por la lectura, por las últimas farolas del recuerdo, cubierto de un misterio que lo hacia crecer inmensamente como una sombra desmesurada que amenazaba con alcanzarnos, de la misma manera en que siempre nos alcanza en la vida, la sombra inevitable del Tiempo.

La vie n’est pas toujours la littérature, mais elle la ressemble assez fort.

(Désolée pour la longueur du recit)

sábado, 23 de octubre de 2010

Une lettre à ma soeur

Querida hermana,

Ahora que estás en el norte, ahora que todos estamos en el norte, te escribo desde el sur del recuerdo, desde una tarde de otoño en que el sol me despertaba y con él volvían las notas de una frase que siempre nos dijeron: “en la familia no hay oído musical”. Aquella frase que tanto nos repitió nuestro padre y que nunca fue puesta en entredicho ni por nosotras ni por nadie. Sonatas de familia, como los secretos. Como ese tío lejano con la daga en el pecho y una mujer corista, vergüenza de la familia. Como ese virrey coñazo y esos marqueses y condes y esas cansinas leyendas. “Vosotras no tenéis oído para la música”. Y aún así, 25 años después, lo intenté. Para mi asombro, sí tenía oído. Y así se lo dije a papá: “¿seré una excepción en la familia?”
¿Tú qué sabes del origen? ¿Qué sabemos del origen? ¿Qué sabemos del otro sino lo que el otro muestra en sus ratos de generosa apertura?
Recuerdo que quería escribir sobre nuestro origen, descifrar los míticos árboles genealógicos que mamá extendía sobre la mesa del salón y tú me leías entonces a Piglia y me decías que una pequeña mentira sin pretensión se enreda en la historia de los pueblos creando un malentendido llamado Historia. Me recordabas tu viaje inventado a Toulouse para que mamá no supiera que habías ido a Italia con un hombre que te doblaba la edad. Mamá lo incluyó en su diario de hechos verídicos con todo el lujo de detalles que tú proporcionaste para hacer verosímil la historia; recuerdos inventados ya para siempre en la epidermis de tu biografía. Pero a ti tampoco te hice caso, y proseguí la busca.
¿Escuchaste alguna vez tocar a Juan Ruiz-Casaux y López de Carvajal, marqués de Atalaya Bermeja? Su stradivarius era famoso en Europa. Pasó su vida de giras por el continente y era conservador real de Stradivarius. En el Madrid de los años 50 descendía el paseo de Recoletos en un elegante Rolls Royce, con un pequeñísimo niño llamado Luis del que dicen ya estaba loco en aquella época, loco como su madre, como sus tías, como sus abuelas... Vivía este marqués violonchelista en el Madrid de los Austrias, como debía ser en un noble que tuvo a la reina Victoria Eugenia, mujer de Alfonso XIII, como madrina de boda. Pero aquel primer matrimonio no salió bien y hubo otro, con una soprano, del que nació una niña que de mayor fue una mujer bellísima y una gran pianista. Me dijo papá que aún vive y que rondará los 60.
¿Y quién era ese Juan Ruiz Casaux? Aquella mañana de otoño, papá me sacó unas fotografías y siguió contando. El marqués tenía una sobrina con una voz espectacular. Se llamaba Teresa y desde joven cantó en coros. Los Casaux eran una estirpe de músicos. El marqués visitaba a menudo a su hermana, que vivía en la calle Orellana. Allí veía a su sobrina Teresa, que ya no era una niña sino una mujer casada y con seis hijos. El mayor de todos era ese pequeñísimo Luis al que el marqués paseaba en coche por el paseo del Prado. El más pequeño de todos se llamaba Miguel, y es tu padre, que esa mañana me hablaba del marqués y su violonchelo, mientras yo atónita le preguntaba por qué nadie nos invitó al concierto. Me sacó otra vieja fotografía en la que sale con el tío Juan, como le llamaba, y su stradivarius.
Delirios de grandeza, virreyes implantados, cañonazos de versos, dagas a medianoche, locos enamorados, viajeros que mueren por safaris, consejos de guerra y en ninguna de las fábulas nos revelaron que la familia paterna, además de conquistar y someter a pueblos, tenía una rama que tocaba las estrellas. Es como si la nota más importante se les hubieran escapado para dejarnos sólo una frase aniquiladora y sin sentido: “no lo intentéis, en la familia no hay oído”.
De vuelta a casa, tras aquel viaje, busqué en Internet el nombre del marqués y allí estaba, tan ilustre, nuestro tío abuelo con su stradivarius.

Paisaje Crisálido


A Caspar David Friedrich

A lo lejos ramas,
Verbos que devoran fauces lo que escapa
Lo que se anega, lo que es nada
Y la nada es lenta
Y la planicie es nada.

Hojas como rostros
Que simulan hojas plata
Arrebatan tiempo al imposible verde
Pensamientos mármol sobre voces agua.



martes, 12 de octubre de 2010

Ps

sábado, 9 de octubre de 2010

This blog is finally closed again



Allons, ange déchu, ferme ton aile rose;
Ôte ta robe blanche et tes beaux rayons d'or;
Il faut, du haut des cieux où tendait ton essor,
Filer comme une étoile, et tomber dans la prose.
Il faut que sur le sol ton pied d'oiseau se pose.
Marche au lieu de voler : il n'est pas temps encor;
Renferme dans ton coeur l'harmonieux trésor;
Que ta harpe un moment se détende et repose.
Ô pauvre enfant du ciel, tu chanterais en vain
Ils ne comprendraient pas ton langage divin;
À tes plus doux accords leur oreille est fermée!
Mais, avant de partir, mon bel ange à l'oeil bleu,
Va trouver de ma part ma pâle bien-aimée,
Et pose sur son front un long baiser d'adieu!

Théophile Gautier

viernes, 8 de octubre de 2010

Si el vacío no está tan vacío, lo que decoro es mi conciencia colapsando



Se escondió en la escalera de caracol para darle esquinazo al tiempo.

Allí empezó a trabajar: una fórmula, otra, y otra. Cuando halló la solución, el mundo se había hecho tan viejo que se escondió en la escalera de caracol para olvidar el secreto.

"Depth must be hidden. Where? On the surface." (H. von Hofmannsthal)

"l'irrésolution me semble le plus commun et apparent vice de notre nature" (Montaigne)

"The indefinite acceleration of the univers leads to situation where a hypothetical observer traveling forever through the Universe will be eternally blocked from seeing any evidence of most of the Universe"

jueves, 7 de octubre de 2010

Ars poética del tipo sin aura

Compongo al anochecer porque a esas horas el mercado negro trafica con materia gris a gran escala. O tal vez por aquello de que los mosquitos se aglomeran en tu lámpara, hambrientos por chupar tu incertidumbre y cobrarte un pensamiento rojo. De noche se adquiere metafísica a buen precio. Mucho carajo de algoritmo por un minuto de gloria en la enciclopedia de los muertos.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Metafísica














Estoy harta de que los hombres me escriban poemas. Yo quiero que me lleven al cine de la mano, me regalen perfumes caros y me paseen en barco por las islas griegas. Cuando era más joven leía a Byron, me mordía las uñas, bebía ron a secas, subía a los tejados y lloraba que la vida era frágil como una mano de cristal o un jardín de papel próximo a una hoguera. Se me han quedado las quejas enganchadas a los párpados y me esfuerzo por demostrar que ya no es Artemis luna incierta que me enloquece de noche horas tiniebla o de día flaneur dorado, ni toco todo para melancolía. Y ellos vienen lobos a mi cueva –ático minimalista sin Bacon ni Rimbaud, un cosmopolitan y comida ecologista- oliendo sangre de mis piernas para llevarme a S. Michellle de Venecia y gritan como absortos que la poesía son mis brazos y mis ojos, mi silueta, mi lento atravesar de orla en orla espacios cual ligera estrella. Les propongo un ron a secas, les enseño manicura pies y fotos de mi culo y la barra de labios que llevaré cuando me case con un equilibrista, artista de lo ridículo y cansino y lo megaligero hasta morir de risa. No quiero que ellos me escriban poemas ni hagan nicho mi cama, libros cubriendo mis tetas.

Y me alargo en desnudeces contorsionistas, sin flora ni fauna ni metáforas ni muertes doy por tí oh vida mía sólo porque ayer.

martes, 19 de agosto de 2008

Reencuentro


A Carlos, el poeta que hizo posible el reencuentro,
Estaba buscando a Jabès como quien busca un árbol diminuto en el bosque de la memoria
Durante mucho tiempo perseguí a ciegas el nombre de aquel a quien amaba
Aquel a quien leía en los duros inviernos de Francia
Las estaciones cambiaron y la primavera ocultó su nombre fruto de un deshielo
En otoño volvieron los ecos de un vago recuerdo. Busqué entre las sombras. Pero los nombres eran enredaderas que avanzaban sin destino. Cada palabra era una sombra de otra sombra. Y su nombre había desaparecido. Así olvidé al egipcio, como olvidé su origen egipcio. Y luego vino el olvido del olvido. Un día ya no sabía que había olvidado el nombre del poeta Jabès, cuyo nombre al pronunciarlo es como decir que olvidé al judío Yavhé. Olvido de los dioses.
Freud diría que un trauma se cobra siempre un chivo. Un chivo expiatorio fue quizá este poeta judío, de mis duros inviernos de Francia, cuyo olvido trajo como consecuencia su olvido.
Sin referente, nadie pudo ayudarme en el recuerdo. Las personas no podían pronunciar un nombre del que tan sólo recordaba un dato: era judío.
Y se sucedieron primaveras, un ciclo y otro ciclo. Y olvidé completamente mi olvido.
Anoche regresó su nombre tras 5 largos años de exilio. No vino del verde laberinto de mi memoria sino del azar artificioso que con amabilidad me devolvía un gesto. Un poeta chileno me hablaba a través de la pantalla. Un poeta al que una noche de aquellos fríos inviernos de Francia le pronuncié el nombré de Jabès. Un laberinto. Su nombre enredado a los miles de nombres que aquel invierno pronunciamos entre el frío y el vino solidario de las noches sin estrellas. Y entre todos los nombres, escribió en la pantalla el nombre de Jabès, provocando en el bosque del recuerdo el árbol completo, el árbol perdido: Edmond Jabès.
Así pasé la noche en vela, releyendo, como quien descubre en un baúl arrinconado las cartas de un amante lejano al que el tiempo ha diluido. Y sus versos me llevaron a recordar lo que fui, lo que soy y lo que aún no he sido.

Para los que aún no lo han leído, aquí dejo un poema suyo:
Y Yukel habla...
Y Yukel habla:Te busco.El mundo donde te busco es un mundo sin árboles.Sólo calles vacías,calles desnudas,el mundo donde te busco es un mundo abierto a otros mundos sin nombre,un mundo donde no estás, donde te busco.Están tus pasos,tus pasos que sigo, que espero.He seguido el lento caminar de tus pasos sin sombra,sin saber quién era yo,sin saber a dónde me dirigía.Un día estarás.Será aquí, en otro lugar,un día como todos los días en que estás.Será, tal vez, mañana.He seguido, para llegar hasta ti, otros caminos amargosdonde la sal quebraba la sal.He seguido, para llegar hasta ti, otras horas, otras riberas.La noche es una mano para quien sigue la noche.De noche, todos los caminos caen.Era necesaria esa noche en que tomé tu mano, en que estábamos solos.Era necesaria esa noche como era necesario ese camino.En el mundo donde te busco eres la hierba y el deshielo.Eres el grito perdido en que me extravío.Pero también eres, ahí donde nada vela, el olvido hecho de cenizas de espejo.

sábado, 19 de julio de 2008

Terpsícore


A mis queridos Franz, Robert y Richard,

La belleza es sólo esa mirada capaz de atravesar los compases del tiempo…





viernes, 18 de julio de 2008

Sueño de una noche de verano

El barrio está vacío, como si un huracán se los hubiera llevado a todos, porque aunque lo nieguen, a los ingleses también les asusta la lluvia y les lleva a encerrarse melancólicamente detrás de sus cristales. Puedo verlo cuando camino por St. John’s Wood, el precioso barrio que surge al noroeste de Regent’s Park. Camino tal y como hay que caminar: despacio. Porque así el paseo es verdaderamente un paseo, como decía Walser, que hizo del pasear un arte para el pensamiento. Parece simple pero en realidad no lo es. Uno tiene que concentrarse, sobre todo al principio, porque nuestro ritmo es el ritmo del galope aunque no tengamos prisa ni destino prefijado. Salgo de casa y echo a correr. Entonces me doy cuenta y retrocedo. No, no me equivoco. No quiero decir que ralentizo el paso, sino exactamente lo que he dicho: que retrocedo. Regreso a la puerta de Garden Court y empiezo de nuevo. Voy a dar un paseo verdadero. Y esta segunda vez las cosas han cambiado. Ahora veo las casas con todos sus matices y con todos sus secretos. El barrio está profundamente silencioso, solamente mis pasos, la lluvia y el murmullo de mi monólogo interno hasta que tropiezo con el murmullo interno que imagino tras las cortinas de ciertas ventanas. Concretamente, quiero hablar de una. La ventana del número 6 de Alma Square. En mis falsos paseos también noté su presencia pero estaba demasiado ocupada con mi prisa ilusoria. Pero, ¿qué dice esa ventana? Dice: aquí he creado mi espacio, aquí soy yo y soy bella en mi recóndito secreto. Además, enrojezco por la noche gracias a que mi espacio es un espacio perfecto.
Suelo acercarme siempre a oler las rosas que hay en todas las casas, pero hasta ahora nunca me he atrevido a acercar mi nariz hasta las rosas del número 6 de Alma Square. Una especie de respeto me detiene. Como si toda ella dijese: no te acerques, soy intocable en mi espacio perfecto. Anoten, he dicho "respeto".No es en absoluto una casa imponente, ni siquiera es la más bella o lustrosa del barrio. Es más bien tímida, grisácea, medio cubierta de árboles. Se diría que la negligencia de sus dueños es el arte de salvaguardarla del resto.

Esta noche de verano he recapacitado. La luz de esa ventana está ahí por algo. No hay más transeúntes. No hay nadie asomado desde ninguna casa. Nunca he entendido por qué la gente que goza de vistas magníficas, en lugares privilegiados de las ciudades, está siempre lejos de sus ventanas. Cuando paseo de forma verdadera por Madrid, me asombro de nunca ver a nadie tras los inmensos ventanales de las casas de la plaza Neptuno, nadie asomado por las ventanas del Palace, nadie en las hermosas casas de la calle Ibiza que bordean el Retiro, nadie en las terrazas del paseo del Prado. En París sucedía lo mismo. Ni un alma mostrando interés, desde la altura, por los secretos de allá abajo o por las inmensidades de allá arriba. ¿Dónde está esa gente? Sólo puedo reflexionar que sus vidas deben ser mortalmente aburridas si han perdido la esperanza de encontrar algo inigualable al lanzar sus ojos a través de sus ventanas. Pero éste es ya otro asunto. Volvamos a la casa de la calle del Alma. Me paro frente a ella. La desafío. Le hago preguntas molestas y acerco mi nariz hasta sus rosas. Me siento una heroína. En ese momento querría que todo el barrio de St John’s Wood se asomara a sus ventanas y me viera. Queremos ser invisibles salvo cuando estamos orgullosos. Queremos ser invisibles porque tenemos miedo de ser descubiertos en nuestros actos más torpes. Pero cuando la posible torpeza se transforma milagrosamente en hazaña, queremos que el mundo se dé cuenta de ello.

No obstante, no había nada de heroico en mi acto, solo podía cobrar sentido dentro de mi mitología y ésta queda totalmente fuera del alcance de los anónimos rostros que se esconden en su casa cuando llueve. Vuelvo a oler una de sus rosas y continúo mi paseo. Pienso que poseer esa casa es tan fantástico como poseer la luna o una terraza frente a la pirámide de Keops. Pienso en su propietario y en si será consciente de que tiene una terraza en un desierto milenario. Su propietario no debe ignorarlo; la casa de luz roja de Alma Square no es casual. Está allí por algo. Es de esa manera por algo. Sus rejas ennegrecidas se retuercen como las figuras diseñadas por Alphonse Mucha. Desde fuera percibo un dentro cuidadosamente desgastado, coloreado como un cuadro gótico. Imagino que allí solo puede vivir Morfeo, pero no un señor de los sueños cualquiera, sino el Hombre de Arena. El dueño de ese lugar solo puede tener cabellos negros y tez blanca. Por las noches nos regala sus libros y durante el día reordena su biblioteca. Así que yo voy a esperarle. Voy a pasear hasta que la noche esté tan dentro que al cruzar de nuevo su casa no tenga más remedio que invitarme adentro. Camino, doy vueltas circulares, segura de que mis pasos me dejarán de nuevo en el número 6 de Alma Square. Reconozco que me demoro porque me invade el miedo de que la luz roja esté ya apagada y el hombre de arena sea sólo un burgués que, aburrido de hojear el Daily Sport, se haya ido a la cama. Sigue lloviendo, pero apenas lo noto. Sólo al quitarme el sombrero veo que está empapado. La lluvia no es densa sino continuada. Cae como caen los segundos: suavemente y sin cesar, hasta que tu cuerpo está húmedo y tus cabellos grises.
-Te estaba esperando-, me dijo el hombre de Arena.
-Acabo de regresar de un viaje a Stonehenge-, mentí. -Y he venido a que me expliques qué soñaban los hombres de aquel tiempo.
-Soñaban que construían una terraza de piedras desde la que observar el futuro, respondió Sandman.
-Lo entiendo perfectamente, le dije.
-Ahora sí, pero mañana no lo entenderás, sentenció el hombre de Arena.
-No me importa, sólo he salido a pasear, añadí, y me fui, consciente de que ya había abusado demasiado del propietario del número 6 de Alma Square.

Como en los sueños, en mi camino de regreso, me pregunto por qué no le he preguntado tal o cual cosa, todas las curiosidades por las cuales me he acercado hasta allí y hasta él. Pero ya es tarde.
Solo he salido a pasear y pasear es una forma de soñar. Es como soñar. Hay que concentrase. Al principio parece difícil pero luego uno se acostumbra. Ya lo decía Walser: pasear es una forma de arte, como los sueños. Es terriblemente difícil dirigirse como uno debería porque hay que alejar la lógica de la realidad y expulsar los pensamientos cotidianos que nos enredan con su simpática impaciencia de querer controlar todo. Por eso, sé que esta vez no he soñado bien con el hombre del número 6 de Alma Square. No me he concentrado debidamente. La verosimilitud ha impedido que converse con Sandman y que me meta en su casa. Así que le he abandonado en medio de una absurda conversación. Tendré que volver a acostarme y empezar todo de nuevo, de la misma manera que tuve que retroceder hasta casa para realizar bien mi paseo.
En el origen está la clave del buen desarrollo de una trama.
Hay que asomarse a las ventanas de la plaza Neptuno y a los balcones de la rue St. Honoré. Hay que descorrer las cortinas que nos ocultan de la mirada del mundo. Hay que salir a pasear por St. John’s Wood en las noches lluviosas de verano. Hay que dejar que el hombre de cabellos negros que habita el número 6 de Alma Square termine de leernos su cuento y, entonces, estaremos sabiendo hacer lo que Robert Walser denominaba el verdadero paseo.
Por eso, ahora debería retroceder. No ralentizar mi paso, sino retroceder hasta la puerta de mi casa y hasta el umbral del sueño. Concentrarme en el salto que se da para escapar de la vigilia correctamente y adentrarse en el auténtico paseo. El paseo que, después, podrá ser contado si no se ha puesto uno a correr en el momento en que el hombre de arena o la lluvia han comenzado a caer como un murmullo sobre nuestras cabezas.

lunes, 14 de julio de 2008

Stonehenge

Me idolatráis porque, aunque estoy aquí, sabeís que pertenezco a otro lado cuya distancia es de milenios. Vosotros quereís sobrevivir pero yo soy el Tiempo, la Memoria, vuestro peso.

lunes, 7 de julio de 2008

Inglaterra en el Sur


Hay cuerpos que no aguantan la noche. Dominique sufre una patología nerviosa ante el invierno. No obstante, siempre elige el norte como destino para vivir. Sus inviernos son largas enfermedades empapadas de la ausencia de mar. Se agarra al calendario contando los minutos que quedan hasta el verano. La Rennaissance. La amplitud azul, el calor azul. En primavera sobrevive porque la esperanza de sol es, a menudo, más potente que el sol. Cuando vuelve al sur se jura que nunca regresará al norte, pero el final del verano viene siempre acompañado de una enfermiza nostalgia hacia aquellas ciudades, en parte, inventadas, y viaja de nuevo hacia ese placentero infierno de la historia europea. Allí enferma; todo su cuerpo es una fiebre anónima que tirita en su piel y se agota en los áridos museos, ante las grandes joyas preservadas, frente a las catedrales y las plazas tamizadas con esa lluvia persistente que hace del norte y, sobre todo, de Inglaterra, esa postal sublime y gris. A veces siente que es el final, que está llegando a algun sitio definitivo de su mente y que su cuerpo le está exigiendo una rendición. La entrega a las olas de agosto, al secreto milenario del sur. Un día concibió un proyecto: convertir el sur en un norte. Crear en el desierto, en esa tierra, en ese Dorado paisaje una nueva Europa. Tumbada en un sofá, mientras la lluvia cubre el barrio de St. John's Wood, imagina una enorme ciudad, una Babilonia a orillas del mar, con sus luces de tiempo y sus monumentos gastados. La imagina con todo el detalle posible, al estilo de un Praga o un Londres, y a la vez que aquella ciudad de espejos se eleva, una brisa cómica la deshace. Dominique sabe que su proyecto es imposible. No se puede construir Londres o París en una ciudad distinta a Londres o París. No se puede, a menos que se quiera duplicar el grosero error de un Las Vegas. Comprende que no es la vida, ni los museos o edificios, los parques o los ríos, lo que tiene que trasladar al sur, sino la Historia. Lo que ama de esas frías ciudades de la noche es su Historia. Pero la Historia pertenece al Norte, mientras que al Sur pertenecen el ahora y los días de luz, vacíos y sin historia, sin peso, como sus desiertos. Los paisajes lunares de Tabernas son la historia de un paso ininterrumpido de maravillosas nadas, que convierten al visitante en un privilegiado observador de la superficie lunar.

La historia es del Norte y el Paraíso del Sur.
Adán y Eva caminando sin pasado a sus espaldas, como esas siluetas alejándose en las calas de San José cuando cae el sol. Ese fue el último pensamiento de Dominique antes de deshacer Babilonia.
En el origen no hay memoria. En el origen, el paraíso es agua y fluye la luz sin peso.
La memoria son las sombras de la Historia que sostienen catedrales de tiempo y cielos inviolables.
Dominique tiembla de frío. - Es verano en toda Europa, pero en Inglaterra llueve.-
Sabe que debe volver al Sur. Sin embargo, coge su abrigo de agosto, su sombrero y su paraguas y camina hasta Trafalgar Square. Desde allí, unas nubes generosas permiten entrever la famosa torre del Parlamento, y el sonido de las campanas le recuerda los versos, por primera vez entendidos, de T.S. Eliot: "History is now and England", y lamenta estar atada a la historia de la noche como a la leve caligrafía de los días azules de Tabernas, vieja como la luna, y sin tiempo, como un instante de luz al que se vuelve una y otra vez.

jueves, 8 de mayo de 2008

Fingiendo escribir




Kandinsky decora el paisaje cósmico, las flotantes esferas. Klee subacuático regula el oxígeno en los mundos circundantes. Kandinsky del aire, Klee del agua. El universo Klee está relleno; el universo Kandinsky está compuesto.
El espacio Klee es carnoso, sin vacíos, sin tiempos muertos o completamente muertos. Hay un universo que está, que fluctúa imperceptiblemente. El universo Kandinsky está violentamente quieto, está por un instante pero abarcando un espacio del que huirá de inmediato. El universo de uno, es; el del otro, está. El espacio Kandinsky se hace presente mediante figuras. El espacio Klee es todas las figuras y ninguna. No hay fondo y figura. Hay fondo-figura.
En el espacio Kandinsky, donde no hay línea, trazo o figura, hay un vacío metafísico. En el espacio Klee no hay vacío: hay un todo metafísico. Vacío y Todo son la misma realidad metafísica. Una realidad que puede ser pacífica o angustiosa. Todas sus composiciones (las de ambos) son variaciones entre esos significados: Paz o Angustia.
De alguna manera, Kandinsky esconde mostrando en el vacío. Klee muestra escondiendo en el todo.

Nosotros, o algunos de nosotros participamos, conscientes o inconscientes, de una fluctuación semejante en nuestras vidas. Pero considerándolo un poco más, si hay un espacio, si hay un lugar, hay una fuga

et tout le reste n’est que littérature
ou condition humaine.


(Markus v. Hertenstein, La ínfima cosa)


Kandinsky: Tranverse line

Klee: Dream city


martes, 15 de abril de 2008

El vampiro o su sombra


Mi hermana ha amenazado con vampirizar mi blog. Y no sólo la creo sino que la temo. Toda aspiración sanguínea que se ha propuesto la ha conseguido. Actúa casi siempre de noche (nació en las tinieblas de una noche de marzo). Ya de niña solía cubrirse la cara para que no le diera el sol y cuando estábamos en la playa, situaba siempre su toalla tras la mía para que yo le hiciese sombra y los rayos no le oscureciesen su querida tez blanca. Sin embargo, todo el que nos veía comentaba lo morenita y guapa que estaba la niña y ay que ver qué pálida que está su hermana (o sea, yo). También recuerdo sus frascos aromáticos; los guardaba con enorme celo en un maletín, imposible de localizar pese a todas mis audaces exploraciones. Ella decía que eran pócimas para robar a los hombres sus pensamientos. Cuando yo le decía que eran simples frasquitos de colonia me miraba poniéndose bizca (algo que sabía que me aterrorizaba) y murmuraba que con esos frasquitos consiguió conjurar su nacimiento.
Si yo me doblaba un tobillo, ella se partía, al día siguiente, la pierna por cuatro partes, de manera que mi sufrimiento quedaba desvirtuado. Cuando a los 11 años tuvieron que ponerme gafas (episodio de lo más trágico en mi infancia), vi en la cara de mi hermana la amenaza de otro vampirismo y, no sé si con ayuda de sus frasquitos mágicos o de su insistencia en ponerse bizca, a las tres semanas, la estaban operando en Barcelona y tuvo que llevar un parche en el ojo durante muchos meses. Su mirada entonces se volvió perversa, ya que cuando nos cruzábamos por la casa, alzaba su ojo con gran superioridad y mis gafas quedaban reducidas a algo sin grandeza ni originalidad.
Luego vino mi varicela y ella, en lugar de contagiarse, como hacen todos los niños, cogió una escarlatina. Inmediatamente, mi enfermedad se hizo de lo más vulgar.
De episodios de este tipo, tengo plagada mi infancia y adolescencia. Si yo dibujaba un bosque en llamas, ella pintaba el Amazonas calcinado; si yo tocaba el piano, ella lo insonorizaba con una batería eléctrica. Si yo me iba a Londres, ella sacaba un billete para Nueva York. Reconozco que ha habido etapas en las que me he alarmado, como aquella en que me colgaba ajos en el cuello cuando ella me visitaba o abría despiadadamente las cortinas de su casa en las horas en que más jode el sol. Pero lo único que conseguí es que sus amigos me tomaran por loca. Mi madre, que nunca ha querido ni oír hablar del tema, dice que todo lo que me pasa es que tengo un trauma con su fecha de nacimiento. Nunca quiero pensar en ello, pues es el origen de todos sus actos. Pero ahora me amenaza de nuevo y si está decidida a putearme, lo hará; de la misma manera con que decidió nacer un cinco de marzo, es decir, el día de mi cumpleaños, vampirizando así mi diminuto cuarto aniversario, y transformando esa fecha única en la historia de todo individuo, en un duplicado sospechoso.

Mi hermana vive en el norte de Oslo y sus visitas a España suelen coincidir siempre con los meses de enero o febrero. No me pregunten por qué. Tenemos pocas noticias la una de la otra. No sé si es ella quien se esconde de mí o yo de ella, pero siempre he tenido la sensación de que me vigila con alguno de sus ojos. Vive en el oscuro norte junto a su segundo marido, un escandinavo blanquísimo. Su primer marido fue una de sus presas, estoy segura de ello. Sé que esto no tiene ninguna gracia pero tengo el deber de contarlo. No pude celebrar mi boda porque su marido murió de sobredosis el día en que yo me casaba. Todo se canceló, hasta mi noviazgo, que no sobrevivió a los mordiscos de tal broma.
Actualmente trabajo como intérprete de francés e inglés y debo confesar que desde que recibí la amenaza de mi hermana, mi frágil estabilidad se tambalea de nuevo. Normalmente, sabemos la una de la otra por medio de mamá. Por eso, cuando empecé a ver comentarios suyos en mi blog, surgieron mis sospechas. ¿Qué quería de mí? . En el fondo, nunca se refería a mis escritos sino que elaboraba allí, un discurso a modo de comentario, un discurso enorme como una sombra gigante. Un día, coincidiendo con una visita suya a España, me sentenció, justo cuando mamá salía por la puerta: -Voy a vampirizar tu blog- , y se puso bizca durante un segundo, pero fue lo suficiente para que yo me sintiera tan aterrorizada como a mis 10 años y gritase: -¡mamá, mira a la niña! Ante lo cual, ella y su novio, el blanquísimo escandinavo, se echaron a reír.

Regresó a Oslo y al poco, mis miedos se disiparon, ya que durante dos meses no aparecieron nuevas sombras en mi blog. Hasta el otro día, cuando me encontraba trabajando en Bruselas. Estaba agotada tras las más de 4 horas interpretando cuando me dieron un aviso de descanso. Fui a caminar un rato. Al cabo de una hora regresé y me colocaron en una cabina junta a Suecia. Me conecté para traducir a partir del inglés que salía de la cabina sueca. Entonces oí una voz que decía: Voy a vampirizarte. Pegué un pequeño grito que se debió escuchar en todas las orejas de los pobres oyentes anglófonos. Cerré corriendo mi audio e intenté ver la cara de al lado, pero las cabinas están tan protegidas como una prisión. Tuve que reconectar para que no se dieran cuenta de la ausencia de español, pero esa vez había otra voz, completamente distinta.
Aturdida, terminé como pude. Corrí luego hasta mi hotel, me di una ducha y abrí mi correo. Había un e-mail de ella: Lo ves, tonta, ya he vuelto a hacerlo. Y ahora, vampirizaré tu blog.

Sólo he querido contarlo para que sepan que tengo miedo y para que, si empieza a surgir aquí una narrativa extraña, como de los Cárpatos, vengan a buscarme a casa por si he muerto. Como a mi familia no puedo decírselo sin que piensen que he vuelto a la droga, o me digan que trabajo demasiado o que tengo un trauma con su fecha de nacimiento, confío a mis lectores la misión, aunque penosa, de salvarme o, al menos, protegerme de la sombra del vampiro.





Interpretando a de Quincey


Empezaba a preocuparme de los pequeños descuidos en mi vida cotidiana, desde lo puramente doméstico (mi casa es un caos) hasta el olvido de las tareas de lectura y escritura. Justifiqué lo primero, pero no sabía cómo justificar lo segundo, así que me dije que, últimamente, no hago sino traducir y traducir, interpretar a europarlamentarios y volverme loca por las noches soñando que interpreto a Kundera desde el checo, a través del inglés, mientras una señal desde el fondo de una sala me advierte de que, en breve, tengo que pasar al español a Monsieur X, el francés que intervendrá a propósito de los OGM (los transgénicos,). Se comprenderá que con tal escenario, mi cerebro no recibe el suficiente cariño literario que siempre le ofrecí y su forma de quejarse es paralizándome narrativamente.
Así que, guiada por tales reflexiones, anoche abandoné los estudios de polaco, las reglas de la oratoria del Parlamento Europeo, los malditos giros económicos anglosajones, la insufrible prosa periodística italiana (se merecen a Berlusconi de nuevo) y toda la jerga jurídica de nuestros vecinos franceses, para encerrarme en la biblioteca personal de Alberto Manguel y dejarme arrastrar por el laberinto de sus lecturas. Abrí al azar Diario de lecturas y me tropecé con esto:

“Si uno empieza a permitirse un asesinato, pronto no le da importancia al robo, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente

T. de Quincey.

¿Cómo se puede decir algo tan aristocráticamente irónico, malicioso y moralmente travieso? Así que para Sir Thomas de Quincey, yo ya habría llegado a lo peor, descuidando las cosas cotidianas. Entonces, sólo me quedaba recordar en qué momento cometí el asesinato.
En cualquier caso, su macabra broma me aterró y me dio por sospechar si, en mi caso, el fiambre no habría sido la propia literatura.

jueves, 3 de abril de 2008

Herman, Paul y sus monstruos



No hacer absolutamente nada,
que es la cosa más difícil del mundo,
la más difícil y la más intelectual

Oscar Wilde





Siempre lo he citado pero cuando tenía la oportunidad de leerlo, simplemente, y muy al caso, prefería no hacerlo y acababa depositándolo de nuevo en la estantería. Hasta que un día lo abrí. Durante gran parte de la lectura de Bartleby el escribiente me ha acompañado la imagen de otro gran nihilista: el señor Teste; ese monstruo valéryano que siempre prefería no hacer, y no porque no supiera qué hacer o cómo hacer, sino porque prefería no escoger.
Esta forma de negación, de parasitismo, condujo a la muerte a ambos personajes. Entre Bartleby y Monsieur Teste hay una palpable semejanza pero también un abismo profundo. El nihilismo de uno es radical, el del otro es imperfecto, ya que en la negación de la vida de Teste hay una suerte de idealismo, aunque de lo más profano. Si en Bartleby existía una causa que justificase su actitud, la ignoramos, no se nos dice, lo cual convierte a este personaje en alguien sobrecogedoramente sospechoso. ¿Quizá intuimos en su silencio una verdad horrorosa que no se hace explícita, que no se nos quiere decir?
De Monsieur Teste conocemos, sin embargo, casi todo. El señor cabeza justifica su existencia parasitaria mediante causas filosóficas, ante las que podemos o no estar de acuerdo. Para Teste la infinita posibilidad de elección vuelve imposible la decisión. Sólo los necios no comprenden este hecho y actúan. Él no quiere pertenecer a esta saga: la estupidez nunca fue mi fuerte, nos advierte de primeras.
Para Teste, el acto es imperfecto. Y esa radical afirmación de lo perfecto (que sólo podría ser lo que no está en la vida) lo convierte en nihilista imperfecto. En el reino del intelecto, de las ideas – ese lugar idealizado de las posibilidades infinitas – todo queda a salvo de una muerte inevitable y paradójica: la muerte de darles vida.
De esta manera, Teste ha entrado en el terreno de la inacción, pues quien está en la nada como pureza, está en el infinito nulo.
Teste muere de un idealismo nihilista. Bartleby muere como un auténtico nihilista. No el que se destruye afirmando su rechazo a la vida sino el que, negándola, decide no ponerle fin y dejarse estar. Morir o no morir están en la misma jerarquía, porque para Bartleby no hay jerarquías. Para el señor Teste negar la vida es un acto jerárquico vital.

sábado, 29 de marzo de 2008

Esperanza bajo la ruina


A mi hermana Carmen,

Cuando los árboles caigan muertos sobre las tumbas
Cuando siniestras aves vuelen sobre Pompeya,
Cuando suenen viejos valses, risas inaudibles,
Volverá la sombra prisionera desde la inmensa llanura
Y desatada del ritmo que contiene la vida,
Escribirá de nuevo la Historia
Y cada mañana, cada noche
Regresará precisa a su lugar.


Dibujos de Carmen Ruiz de Apodaca.